Los obreros de la mies

Envía obreros a Tu mies

He oído con frecuencia esta petición por parte de los fieles, no suele faltar en la vigilias de oración o en otros momentos que se realizan ruegos. Con ella se pide al Señor que despierte nuevas vocaciones al sacerdocio, aumentando así el número de presbíteros dispuestos a evangelizar y atender a los fieles. La presencia constante en las parroquias de suficientes sacerdotes y su disponibilidad es vital para que los creyentes podamos acceder a los sacramentos. Hasta ahí todo perfecto.

¿Como es tu sacerdote?

Una vez que los “aprendices”, tras años de formación en el seminario, son ordenados sacerdotes, ya son obreros de la mies. Salen entonces a trabajar en las parroquias. Y aquí puede aparecer un problema.

La frase “manda obreros a Tu mies” se torna incompleta, y empezamos a ponerle pegas al obrero:

Este cura no sonríe, es un soso……pero el otro parece un payaso, sonríe demasiado y además baila, ¡qué disparate…..!.

No me gusta la barba que lleva este, parece un pordiosero…..y el otro, se acicala demasiado, no se yo….

¡Madre mía que cura más gordo!, se llena bien el buche…..pero que flaco está ese, parece enfermo…..

Que viejo, un carca…..¡uy!, muy joven, este no tiene nada que enseñarme a mi……

El cura tiene cara de chiste, jaja…….El otro tiene cara de perro, da miedo incluso hablarle……

Que huraño, no se relaciona con nadie….anda que el otro, menudo juerguista, sale a tomar café por ahí con todo el mundo…..

No me gustan sus homilías, son muy cortas…..¡Qué peñazo de homilías!, son larguísimas…..

Y así sucesivamente. Una lista interminable de pegas, defectos y peros. El que a unos les gusta por una cosa, a otros les disgusta por otra o por la misma.

El sacerdote ideal

A la vista de esto, aconsejo a los feligreses tiquismiquis que formulen su petición a Dios de la siguiente forma para evitar malentendidos:

Señor, envía obreros a Tu mies….pero Señor, si puede ser, que sean simpáticos, cordiales pero sin pasarse, tu ya me entiendes. Bien afeitados, pero que no lleguen a metrosexuales, que eso resulta sospechoso.

Complexión media, metro sesenta y cinco mínimo, no vayamos a necesitar una tarima para que asome tras el altar. Pero tampoco tan grandote como un ropero con altillo, que si no, en las fotos parece Gárgamel con los pitufos.

A poder ser, que cuando llegue a mi parroquia tenga entre 40 y 60 años, ni tan joven que suba al presbiterio de un salto, ni tan viejo que se nos caiga por las escaleras.

Gesto amable, fotogénico, agraciado, pero no demasiado, no vaya a ser que se líe parda con las jovencitas.

Que salga por el barrio, pero a comprar el pan y poco más. Con homilías tipo minifalda, cortas pero que enseñen mucho, pero ojo, nada de reprimendas, que nos diga solo cosas bonitas, eso de insistir en cumplir los mandamientos es muy cansino.

Que tenga coche propio, con buen maletero, no vayamos a estar los parroquianos haciendo de chófer. Que toque la guitarra y cante bien, faltaría más.

Ordenado, con gusto para la decoración, así él se ocupa también de las flores….Y ya que estamos, Señor, que me ría las gracias y me diga a todo que sí. Los curas que no me dan la razón me caen mal, me desanimo, y ya no vengo a la parroquia……Te lo pido, Señor.

Esta es una petición estándar. Los feligreses pueden añadir o quitar requisitos según sus preferencias, aunque he tratado de enumerar la mayor parte de las inquietudes que han llegado a mis oídos en estos años.

Pongámonos serios

Voy a decir una obviedad, pero que no parece tan obvia para algunos feligreses:

LOS SACERDOTES SON PERSONAS

Y por tanto, los hay de todo tipo, carácter, personalidad, carisma, estilo, genio, como cualquier otro ser humano. No salen del seminario hechos en serie al gusto y modelo de quien frecuenta las iglesias.

Hablando en términos laborales, un sacerdote es el gerente de la parroquia. La dirige según su criterio, ha recibido formación para ello. El obispo es quien lo envía, no viene porque le da la gana. Llega a un sitio desconocido, nueva casa, nueva ciudad, no conoce las peculiaridades y costumbres, no conoce a la gente. En esa situación necesita sentirse acogido y apoyado, necesita que le faciliten la adaptación a su nueva parroquia.

Lo que NO necesita es sentirse escudriñado, cuestionado, comparado con otros párrocos, incomprendido, menospreciado, ignorado y hasta calumniado. Porque de ser así, el que parece tener cara de perro, terminará siendo un dóberman, y el tímido se volverá huraño. Nadie rinde mejor en su trabajo siendo víctima de bulling. El refuerzo positivo es lo que funciona.

El sacerdote viene a predicar, formar, administrar sacramentos y dirigir la parroquia. Dejemos que haga su labor en paz. Podemos aconsejar sin imponer, ayudar sin estorbar, acompañar sin coaccionar, en definitiva colaborar con él. Seguro que lo agradece, y si nos damos la oportunidad de conocerlo, sin prejuicios, puede que nos muestre virtudes que eclipsen sus defectos. Si por el contrario, le colgamos un sanbenito y además chismorreamos sobre él, le hacemos tanto daño a nuestra parroquia y a la Iglesia como el peor de los curas.

No pidamos “envía obreros a Tú mies”, para luego tratar de despedirlos. Aceptemos al sacerdote que nos llega tal como es, quizá el Señor nos lo envía para aprender una lección que otros no nos enseñaron. Todos nos aportan algo según su carisma, cojamos lo mejor de cada uno.

Confiemos en el Señor, Él fue quien lo llamó para trabajar en su viña.

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